Paul tiene una pesadilla recurrente: está atrapado en una cueva subterránea rodeada de llamas ardientes. Le invade una intensa sensación de claustrofobia, y se despierta aterrorizado, jadeando en busca de aire. Pronto se da cuenta: está sufriendo un ataque de pánico. Siente que está en una especie de purgatorio, un miedo insoportable y eterno del que intenta escapar sin éxito. Enciende la luz a toda prisa y empieza a caminar de un lado a otro del apartamento, intentando calmarse. Baja corriendo las escaleras y sale al aire frío de la mañana. Eso le ayuda un poco. Tarda más de una hora en que el pánico se disipe por completo. No tiene ni idea de por qué sigue teniendo sueños así.
Cindy es una chica inteligente y agradable. Su sonrisa entrecortada deja entrever la tristeza que hay en su interior. Aun así, siempre es educada, parece feliz y nadie se atreve a preguntarle demasiado. Casi siempre obedece, evita los conflictos, está de acuerdo con todo y se suma a los planes de los demás. Simplemente está ahí, sin molestar, y la gente confía en ella porque no es una persona problemática.
Igor tiene treinta y cuatro años, aunque aparenta veinticinco. Es un soñador: le gustaría formar parte de un grupo musical o escribir la próxima gran novela, aunque nunca ha sabido cuál de las dos cosas preferiría. No se siente lo bastante capaz ni inteligente para hacer realidad sus sueños. Mientras tanto, se gana la vida en un centro de atención telefónica, un trabajo que odia. Además, lleva siete años en una relación intermitente con su novia, Anna. Cada vez que discuten, Igor amenaza con marcharse, pero ella reacciona llorando y amenazando con suicidarse. El sentimiento de culpa es más fuerte que él y siempre acaba quedándose. Quiere salir de esta relación, pero no sabe cómo.
Después de un intenso romance de verano, Noah le pidió a Ariana que se casara con él, y ella aceptó. Noah parecía el hombre perfecto: atento, entregado, compartía sus ilusiones y prometía un futuro sólido. Se casaron en una ceremonia sencilla. Pero poco después de la boda, todo empezó a cambiar. Noah se volvió crítico y se enfurecía si Ariana llegaba tarde a casa. Ariana ya había visto indicios de esa ira antes de casarse, pero los había pasado por alto, sobre todo porque él se disculpaba enseguida, con un aire de arrepentimiento casi infantil. Noah era grandilocuente y estaba convencido de que todo lo que hacía era superior al de los demás. Le encantaba ser el centro de atención y contaba historias interminables a quien quisiera escucharlo, sin mostrar verdadero interés por la otra persona. Su encanto superficial hacía que la mayoría lo tolerara. Ariana, sin embargo, se sentía cada vez más vacía. Estaba agotada de su ira impredecible, de ese malestar constante sin motivo claro. Tras catorce años, tres hijos y haber perdido el contacto con casi todos sus amigos, le aterraba la idea de marcharse y empezar de nuevo.